Recuperar la identidad más allá del rol de cuidadora
Ser madre o cuidadora es una parte de quien se es, no todo. Sin embargo, en contextos de precariedad y alta exigencia, el rol termina borrando a la persona: el nombre propio deja de usarse y los gustos, los sueños y las historias personales quedan suspendidos mientras la vida gira alrededor de las necesidades de otros.
Este taller parte de una pregunta sencilla y poco usual: ¿quién eres tú cuando no estás cuidando a nadie? No para separar ese espacio del cuidado, sino para recordar que existe. Escuchar a otras mujeres nombrarse devuelve el permiso de hacer lo mismo, como acto colectivo de restitución de identidad.
Objetivo general. Acompañar a las participantes en el reconocimiento de su identidad más allá del rol de cuidadoras, como punto de partida para fortalecer la autoestima y la autopercepción positiva.
Identificar cualidades, gustos e historias personales que existen por fuera del rol de madre o cuidadora.
Reconocer cómo la identidad reducida al cuidado afecta el bienestar propio y el vínculo con los hijos e hijas.
Generar un primer gesto de autoafirmación a través de la palabra y la expresión creativa.
Se abre el espacio con una pregunta que parece simple: cada participante dice su nombre —no “mamá de”, no “abuela de”— y comparte una sola cosa que le gustaba hacer antes de tener hijos, o algo que le gusta hacer ahora cuando tiene un momento para sí misma.
No hay respuesta correcta. El facilitador o la facilitadora modela primero, normalizando respuestas inesperadas o de “no sé”, porque el no saber también dice algo. Este momento de apertura no es un rompehielos decorativo: es la primera acción del taller, recuperar el nombre y recuperar algo propio que no depende del rol.
Se trabaja en dos momentos encadenados. Primero, cada participante recibe una hoja y materiales para escribir o dibujar, según prefiera, tres cosas: cómo se describe a sí misma sin mencionar a sus hijos ni su rol de madre, qué disfrutó en algún momento de su vida que ya no hace, y qué palabra o imagen la representa a ella, solo a ella. No se corrige ni se orienta el contenido; se acompaña el proceso con música suave y presencia cercana.
Después, en círculo, quien quiera comparte lo que escribió o dibujó. La facilitadora recoge los hilos comunes sin homogeneizar: hay mujeres que recuerdan bailar, otras que recuerdan estudiar, otras que no encuentran nada, y eso también se nombra con cuidado. El grupo escucha sin interrumpir.
Al final se reflexiona juntas sobre una idea central: cuando una mujer se reconoce, cuando sabe quién es más allá del cuidado, eso no la aleja de sus hijos; la acerca desde un lugar más real.
Cada participante escoge una palabra que la represente —la que escribió antes o una nueva que surgió en el círculo— y la escribe en una tira de papel de color. Las tiras se recogen y se cuelgan juntas formando una cadena visible. No se lleva a casa todavía: se deja en el espacio del comedor como registro colectivo de que estuvieron aquí, con nombre propio.
Antes de cerrar, la facilitadora hace el enlace con el siguiente taller: hoy nombramos quiénes somos; la próxima vez vamos a hablar de cómo cuidarnos a nosotras mismas, no como obligación sino como derecho.
El nombre como ancla. Usar el propio nombre, no el apodo ni “mamá”, activa algo que el rol cotidiano suele silenciar: la sensación de existir como persona y no solo como función. Se invita a practicarlo fuera del taller: presentarse por su nombre, usarlo al hablar de sí misma y notar qué pasa.
El inventario de lo propio. Hacer una lista, mental o en papel, de cosas que le pertenecen a una más allá del cuidado: un sabor favorito, una canción, un recuerdo que es solo de ella. No tiene que ser grande ni coherente; lo importante es que sea honesto.
La pausa de identidad. En algún momento del día, antes de dormir o mientras espera el bus, hacerse una pregunta breve: ¿hoy hice algo que fue para mí? No como exigencia sino como observación. Con el tiempo, esa pregunta abre pequeños espacios que antes no existían: no aparece tiempo nuevo, cambia lo que se nota.
Decir “yo” sin pedir permiso. Muchas mujeres en contextos de alta exigencia aprenden a hablar siempre en función de otros: “mis hijos necesitan”, “en mi casa pasa”. Durante el taller, cada vez que alguien va a hablar de sí misma, se le invita a empezar con “yo”: “yo siento”, “yo quiero”, “yo recuerdo”. Es un gesto pequeño con un efecto de reposicionamiento real.